Ep. 11. Armando Haro: Partitura cotidiana: el arte de habitar el mundo
¿Es posible liderar en la industria y cultivar el piano y el canto coral? Armando Haro nos enseña que el arte no es un escape, sino una respiración paralela

En el diseño de la vida moderna, parece existir un mandato implícito de especialización: debemos elegir un solo carril, una sola voz y un solo título para transitar la adultez. Se nos enseña que la mente humana debe fragmentarse para encajar en casilleros de productividad, como si el rigor técnico y la sensibilidad estética fueran territorios en guerra. Sin embargo, trayectorias como la de Armando Haro desafían esta visión reduccionista. Ingeniero industrial y de sistemas, director de operaciones y coreuta desde 2009, Haro se niega a ser una figura unidimensional. Para él, la música y el arte no son un adorno de fin de semana, sino una necesidad vital; una forma de habitar el mundo con la integridad de quien se reconoce múltiple.
El arte no es un escape, es una "respiración paralela"
Para quienes ven la cultura como una mera distracción de las "obligaciones reales", la filosofía de Armando Haro ofrece un contrapunto necesario. Su relación con el piano, el coro y el escenario no funciona como un interruptor que apaga sus responsabilidades profesionales, sino como un proceso que nutre su identidad de manera continua. No se trata de "huir" de la planta industrial para refugiarse en la partitura, sino de integrar ambos mundos en un ciclo vital de inspiración y estructura.
"Para él, el arte no es un escape de fin de semana, sino una respiración paralela".
Esta perspectiva redefine el concepto de descanso. No es la ausencia de actividad lo que regenera al individuo, sino el cambio de frecuencia. Esta "respiración" permite que el rigor del ingeniero se suavice con la intuición del artista, logrando que la vida cotidiana no sea una sucesión de compartimentos estancos, sino una sinfonía coherente donde el trabajo y la creación coexisten en equilibrio.
La curiosidad del ingeniero: Un diálogo con Bach
La formación de Armando en el teatro, guiada por figuras como Enrique Galindo y Ernesto Retes, le otorgó herramientas que ningún manual de ingeniería podría ofrecer. Bajo la tutela de Retes, aprendió que dirigir —ya sea una escena de Pedro Páramo o una línea de producción— es, en esencia, un acto de gestión colectiva de la información. El escenario le enseñó a observar las posturas, el tono de voz y la iluminación no como elementos aislados, sino como datos que comunican un propósito.
Esta mentalidad creativa se manifiesta en su aproximación al piano. Al estudiar la Suite Inglesa No. 1 de Bach, Haro no se limita a la ejecución técnica; establece un diálogo intelectual con el compositor. Como un ingeniero que analiza una infraestructura perfecta, se maravilla ante la lógica de las notas: "¿Cómo se te ocurrió hacer esto?", le pregunta al maestro del barroco. Esta capacidad de "pensar fuera de la caja" es lo que permite al ingeniero industrial encontrar soluciones donde otros solo ven obstáculos:
Creatividad aplicada: La resolución de problemas técnicos mediante procesos de pensamiento lateral.
Gestión del involucramiento: Entender que el éxito de un coro o de una empresa depende de la armonía del equipo, donde cada voz es importante aunque ninguna sea indispensable.
Comunicación total: El uso del espacio y la presencia física como herramientas de liderazgo profesional.
El último bastión de la identidad: Música y memoria
Durante seis años, Armando trabajó con adultos mayores, una experiencia que le permitió ser testigo del poder místico de la música sobre la memoria. En sesiones donde las palabras o los nombres de los hijos comenzaban a desvanecerse, una melodía de Beethoven o una trova yucateca lograba lo que la medicina no podía: reactivar la fibra emocional de la persona.
Este hallazgo es profundamente conmovedor: la música sobrevive al tiempo y a la erosión de las facultades cognitivas. Haro describe cómo una pieza específica podía evocar instantáneamente el recuerdo de un funeral, un bautizo o una boda de hace décadas. La música se revela así como el último bastión de la identidad, un archivo emocional que permanece encendido cuando todo lo demás parece apagarse.
Contra el elitismo: La "puerta" de la repetición
Existe el prejuicio de que la música académica es un terreno exclusivo para una élite intelectual. Armando desmitifica esto a través de una anécdota familiar en su natal San Luis Potosí. Recuerda a su hermano Alejandro obsesionado con el Concierto "Emperador" de Beethoven, escuchándolo a todo volumen una y otra vez. Esa "agresión sonora" inicial terminó por convertirse en familiaridad y, finalmente, en aprecio.
La música de concierto no es aburrida por naturaleza; es exigente porque invita a investigar y a crecer. A diferencia de la música de masas, que se consume de forma pasiva, el arte académico pide una inversión de atención. Es una puerta que se abre mediante la curiosidad y la repetición, permitiendo que el oyente desarrolle un criterio propio que lo aleje del juicio apresurado.
El veto al "No puedo" y la ética del "Cómo sí"
Uno de los hitos formativos en la ética de Armando ocurrió a los 17 años, frente a su primer piano. Ante una dificultad técnica, pronunció la frase prohibida: "no puedo". Su maestro respondió con un reproche enérgico que se grabó a fuego en su carácter:
"¿Qué? ¡Aquí está prohibido decir no puedo!".
Esta advertencia se convirtió en una regla de oro que Haro trasladó a la gestión de la pastelería Antares. En lugar de rendirse ante los retos operativos, adoptó la filosofía del "cómo sí". Al igual que frente a una partitura compleja, el objetivo no es evadir la dificultad, sino encontrar la técnica, el "ajuste del batido" o la "temperatura del horno" adecuada para que la ejecución sea perfecta.
Esculturas que se comen: El legado de Antares
El espíritu artístico de Armando encuentra su hogar en Antares, la empresa familiar que nació de la persistencia de sus padres. Para él, las recetas de cocina no son simples instrucciones; son partituras que requieren sensibilidad y precisión. Describe a su madre como una artista cuyas manos crean "esculturas que se comen", un legado de detalle que su padre complementó con un rigor administrativo que "tatuó" la cultura de la calidad en el ADN de la compañía.
Desde el piano de madera vieja de su abuelo hasta el Petrof que hoy habita en casa de sus padres, la vida de Armando ha sido una transición constante entre la inversión en la técnica y la devoción al arte. En Antares, esta dualidad permite ver a los trabajadores no como meros operarios, sino como artesanos con "manos benditas" que ejecutan una obra colectiva cada día.
Conclusión: Habitar el foco encendido
La trayectoria de Armando Haro es una invitación a rechazar la "mutación" que nos exige el mundo moderno para encajar en un solo rol. Su vida nos enseña que la curiosidad es el motor que mantiene "el foco encendido", evitando que nos convirtamos en observadores pasivos de nuestra propia existencia. Al final, la ingeniería y el arte son dos lenguajes para un mismo propósito: comprender la arquitectura de la realidad.
Ante este panorama, cabe preguntarnos: en un mundo que nos presiona para ser productivos antes que humanos, ¿qué "respiración paralela" estamos ignorando en nuestra propia vida para cumplir con las expectativas ajenas? Tal vez sea hora de dejar que el destino llame a la puerta y nos atrevamos a habitar nuestra propia y compleja partitura.


